domingo, 14 de agosto de 2016

Cosme III de Médici en Aranjuez.





Entre 1668 y 1669, poco antes de su proclamación como Gran Duque de Toscana, Cosme III de Médici (1642-1723) realizó un largo viaje por la Península Ibérica, con Madrid como uno de sus destinos preferentes.

La expedición no hubiese tenido mayor trascendencia de no ser por la amplia y rica documentación, tanto gráfica como textual, que nos ha llegado. No quedó ninguna localidad donde pararan el duque y su séquito de la que no se hiciera una crónica, además de un dibujo representativo.

Especialmente relevante fue la figura de Pier Maria Baldi, un desconocido pintor que acompañó a Cosme III y que, ajeno a las cuestiones protocolarias, no dudó en plasmar sitios insignificantes y deprimidos, que, en otras circunstancias, jamás hubiesen sido representados por ser considerados indignos para el arte.
 Todo este inmenso legado, de enorme valor para entender los tremendos contrastes de la España imperial, se encuentra en la Biblioteca Laurenciana, de Florencia. En un voluminoso tomo de casi un metro de alto y medio metro de ancho, se conservan las descripciones de numerosas ciudades españolas y portuguesas, ilustradas, en la mayoría de los casos, con los esmerados paisajes de Baldi.




Cosme III de Médici abandonó Madrid el 25 de noviembre de 1668, para dirigirse a Andalucía. De camino, pasó por Villaverde, Pinto y Valdemoro, "un lugar muy grande del Duque de Cardona", que aparece "en el fondo de un valle", aunque, de salida, "se presenta notablemente levantado sobre el camino real".
En Aranjuez, el soberano toscano estuvo alojado como huésped del rey. Aunque no pudo forjarse una opinión cerrada del Palacio Real, al estar "sólo un lado construido", sí que hizo una detallada descripción de los jardines.

El río Tajo, "poco antes de llegar allí dividiéndose al pasar por un depósito, forma artificiosamente una isla no muy grande donde hay un jardín. El llano de la isla está dividido por varios paseos cubiertos, aunque estrechos y bajos, en cuyos entrecruces se encuentran numerosas fuentes".

"Muchas son ricas de materia por la abundancia de los bronces y de los mármoles, pero sobre poco más o menos todas pobres de agua, pues consisten solamente en surtidores"


"Fuera de la isla todo el resto del campo a uno y otro lado del Tajo está revestido de olmos altísimos que plantados por todas partes en dos filas forman vastísimos paseos, los cuales, al encontrarse en diversos puntos y con diversas disposiciones, ya forman una estrella de doce paseos, ya una media estrella de cinco"
 Fuente. Viaje de Cosme III por España (1668-1669): Madrid y su provincia, de Ángel Sánchez Rivero.
 Isabel Torres
Por y Para Aranjuez.



Jose Luis Navarro. El estudiante de Aranjuez que se trajo de Huelva el ascenso del Córdoba de 1962.



El estudiante de Aranjuez que se trajo de Huelva el ascenso del Córdoba de 1962


Tiene 80 años y desde los 19 vive en Córdoba. Un día, un tal José Juncosa (entrenador del Córdoba en 1955), apareció por Aranjuez y solicitó a sus padres que le permitieran llevarse a su hijo al sur. Lo quería para su equipo, ése que había de iniciar, en su segundo año de existencia, un camino siempre cargado de ilusiones y aspiraciones. Navarro firmó por el conjunto blanquiverde y, sin quererlo en principio, comenzó a forjar una leyenda. El mito del futbolista que más temporadas -15, desde 1955 hasta 1970- y encuentros oficiales -319- defendió la camiseta de un club con el que tocó el cielo y del que ya nunca se separó.
José Luis Navarro del Valle nació en Aranjuez, se educó en los Jesuitas, se apasionó con el balón y abandonó su tierra y su destino para entregarse a los colores y las gentes de su ciudad.



La casa de comidas y fiambres La Rana Verde servía ya,
entre Córdoba y Madrid, sus famosos platos caseros a la altura de Aranjuez. En aquella comandancia militar tenía su destino el conquense Sandalio Navarro López y Carmen del Valle Gómez, de orígenes ecijanos. Habían pasado ya por el protectorado marroquí y por la muerte de dos hijos. Luego vendrían Lisardo, José, Sandalio, Lola, José Luis e Ignacio. Educados en el colegio de don Andrés Martínez de Aranjuez, José murió con 27 años siendo ya ingeniero y Lisardo dirigiría la Farmacia Militar de Madrid. El penúltimo de ellos, José Luis, nacía un miércoles 27 de mayo de 1936, lejos de la Córdoba festiva a la que, con el tiempo, regalaría el primer ascenso a Primera División compartiendo colores verdiblancos con Roque Olsen, Simonet, Benegas, Martínez Oliva, Ricardo Costa, Rihaji, Miralles, Paz Gamarra, Lorenzo Homar o el eterno Juanín.

La severidad del profesor de Aranjuez, humanista, constante y rígido, no impidió que el niño destacara con 7 años en un juego que, según el padre, no era apto para gente seria.

José Luis Navarro entró con diez años en el colegio Loyola de Aranjuez, en donde el Padre Fuentes, jesuita extremeño y gran aficionado al fútbol, le animó a seguir jugando y acogió de buen grado la visita al colegio del Juvenil de Aranjuez para ficharle. Contra el Atlético, el Real Madrid o el Plus Ultra quedaron los segundos de la liga aquel año del 53. Vio marcharse a algún compañero al equipo de El Ferrol y él mismo formó parte de la selección española sub-19.



En Madrid, Juncosa se había fijado en él con el ascenso del Córdoba a 1ª División en mente. Fueron a contratarlo y José Luís los remitió al padre. Muy de mañana, la directiva encabezada por Cruz Conde visitó el chalé familiar ante la perplejidad y la negativa del padre, que apaciguó Carmen. Confiaron en que aquel juego, que seguía sin agradarles, fuera un breve paréntesis en la carrera del hijo y lo autorizaron pasadas las tres de la tarde. Doña Carmen no consintió que se marcharan sin un almuerzo preparado por ella, siguiendo la escuela de la tía Matilde, dueña del embarcadero de La Rana Verde.



Navarro emprendió el viaje a Córdoba un 2 de agosto de 1955 en el expreso de Algeciras. Diez horas más tarde, y a las 6 de la mañana, encontró una ciudad en total penumbra; al fondo vio una luz morada, la del hostal Montes, en donde se refugió por un día, y halló las primeras palabras de acogida en el recepcionista: "Usted es futbolista, ¿verdad?". Su foto ocupaba un lugar destacado en la prensa de la mañana. Dos horas más tarde un taxi lo dejaba en el viejo Arcángel y a mediodía le decía a Juncosa: "Yo no aguanto un día más con este calor".



Su única temporada se alargó 16 años y así hasta hoy. Hizo suyo aquel pueblo grande que le pareció Córdoba: "Era una ciudad encantadora, de gente silenciosa, discreta; no se oían tantas voces como ahora. Córdoba era una tumba, pero tenía la cafetería París y El Barril; Pepe Luque y su auténtico museo de fotos, las quinielas, las porras, sus peroles, su cariño". Iba a entrenar a pie por la calle Gondomar, Las Tendillas y la calle La Feria: "Córdoba me hacía reflexionar su pasado, su grandeza. Encontraba los camiones cargando arena en el río y el Puente Viejo, y las muchachas; las más guapas están en Córdoba". Una de ellas, Petri Gómez, apareció con el uniforme de Las Esclavas en el 55 y 13 años después se casaron.

Información- Fotografía
Cordopolis-EDC

Juanlu M.
Por y Para Aranjuez.

miércoles, 10 de agosto de 2016

La Sanjurjada

  • Se conoce como La Sanjurjada al fallido golpe de Estado que se produjo en la madrugada del 10 de agosto de 1932 contra la Segunda República.
  • Liderado desde Sevilla por el general José Sanjurjo, sólo tomó parte en el mismo una parte del Ejército español, lo que supuso su fracaso desde prácticamente el comienzo.



General José Sanjurjo Sacanell


Se conoce como La Sanjurjada al fallido golpe de Estado que se produjo en la madrugada del 10 de agosto de 1932 contra la Segunda República. Liderado desde Sevilla por el general José Sanjurjo, sólo tomó parte en el mismo una parte del Ejército español, lo que supuso su fracaso desde prácticamente el comienzo. Constituyó el primer levantamiento de las Fuerzas Armadas contra la República desde su instauración en 1931, y su fracaso convenció erróneamente a muchos políticos y militares republicanos de que el peligro de las conspiraciones había pasado y la aceptación de la República era definitiva.

El plan de los golpistas preveía que en Madrid se llevaran a cabo varios ataques y atentados que sirvieran para confundir a la policía y las fuerzas de seguridad. Mientras tanto, cinco guarniciones militares se sublevarían y, tras hacerse con el control de la situación en sus respectivos territorios, convergerían sobre Madrid mediante dos columnas. Las guarniciones que debían sublevarse eran: Valladolid (bajo las órdenes del general Miguel Ponte), Pamplona (coronel Sanz de Lerín), Sevilla (generales Sanjurjo y García de la Herrán), Granada (general González Carrasco) y Cádiz (coronel Varela). En Madrid estaba previsto que varios regimientos de la capital se sublevaran, a los que se sumarían los regimientos de caballería de Alcalá de Henares. Los militares alzados de la capital, al frente de los cuales marcharía el coronel Ricardo Serrador Santés, asaltarían el Ministerio de la Guerra y el Palacio de Comunicaciones. El general Emilio Barrera tendría el mando supremo de la operación.


General José Sanjurjo (en el centro) y sus hombres


El general Sajurjo sería una de la principales cabezas visibles del golpe. Entre los que le animaron a encabezar el pronunciamiento también estaban los dirigentes carlistas Fal Conde y el conde de Rodezno. Y entre sus colaboradores militares figuraban un cierto número de oficiales antirrepublicanos: los generales González Carrasco y Ponte; o los coroneles Valera, Martín Alonso, Valentín Galarza y Heli Rolando de Tella (el general Francisco Franco también estaba comprometido pero en el último momento se retiró de la conjura). A pesar de lo que se había previsto en un principio, finalmente la Comunión Tradicionalista no se adhirió a la sublevación y no puso al servicio de la misma el Requeté, la milicia armada carlista que recibía preparación e instrucción militar.


Ángel Galarza Gago, al mando de los leales en Madrid


En la noche del 9 al 10 de agosto los conspiradores supieron el momento en el que comenzaría el golpe, las 04:00 horas del 10 de agosto. Sanjurjo se sublevó en Sevilla la mañana del 10 de agosto de 1932, logrando un éxito inicial. El bando militar del general Sanjurjo rezaba:
Queda declarado el estado de guerra en toda la región andaluza, con las consecuencias que dicho estado lleva consigo. Como Capitán General de Andalucía, asumo el mando concentrado en mi autoridad de todos los poderes. Así como Dios me permitió llevar al Ejército español a la Victoria en los campos africanos, ahorrando el derramamiento de sangre moza, confío en que también hoy me será permitido, con mi actitud, llevar la tranquilidad a muchos hogares humildes, y la paz a todos los Espíritus.
¡Viva España Única e inmortal!


Sanjurjo, contando con la ayuda del general García de la Herrán y de otros oficiales, intentó atraer hacia su causa al gobernador civil y a uno de los regimientos que estaba acuartelado en la ciudad. Sin embargo, inicialmente no logró controlar la situación. Ante aquella tesitura, se dirigió a la Plaza de España y tras arengar a una compañía de Guardias Civiles allí acantonados, logró sublevarlos. El general García de la Herrán también logró sublevar a las fuerzas del cuartel de Zapadores; tras esto, las demás unidades militares destinadas en la capital sevillana fueron uniéndose a la sublevación. La única excepción fue el Aeródromo de Tablada, que se mantuvo fiel al gobierno.

Poco después los sublevados de Sevilla recibieron buenas noticias: los rebeldes se habían hecho con el control de Jerez de la Frontera.

En Madrid el golpe tuvo un desenlace muy distinto y constituyó un fracaso desde el principio: el Presidente del Consejo de Ministros, Manuel Azaña, y su gobierno ya conocían el plan gracias a una traición. Para desactivar la intentona golpista, Azaña contó con la colaboración del jefe de su gabinete militar, el teniente coronel Hernández Saravia, y del Director General de Seguridad, el militar Arturo Menéndez López. Los generales Barrera y Fernández Pérez se encontraban en un edificio próximo al Ministerio de la Guerra, mientras un variopinto grupo armado marchaba hacia la Plaza de Cibeles. El grupo intentó acceder al ministerio, pero los defensores les recibieron a tiros y hubieron de retirarse dejando atrás varias bajas. Otro grupo intentó apoderarse del Palacio de Comunicaciones, pero acabaron siendo hechos prisioneros. Sobre Cibeles convergió otra fuerza heterogénea y aún más desorganizada. En medio del caos reinante, aparecieron más guardias de asalto procedentes de las bocacalles de alrededor y la mayoría de los rebeldes fueron detenidos después de un breve tiroteo en la Plaza de Cibeles. Azaña contempló los combates desde el balcón del edificio del Ministerio de la Guerra.


Guardias civiles y Guardias de asalto leales durante el golpe


Los regimientos de la capital no se sublevaron, y aunque los regimientos de Alcalá de Henares sí llegaron a declarar el estado de guerra y salieron a las calles, no pasó mucho tiempo hasta que dieron media vuelta y regresaron a sus acuartelamientos. Excepto Sevilla y Madrid, ninguna otra capital secundó el golpe. En otras urbes andaluzas como Cádiz, Córdoba o Granada no pasó nada. En Cádiz, de hecho, fue detenido el coronel Varela. El general Barrera voló a Pamplona para intentar convencer a los carlistas para que se sumaran, pero al no lograrlo se refugió en Francia. El general González Carrasco, que no consiguió sublevar a la guarnición de Granada, también huyó a Francia.

Mientras tanto, en Sevilla los comunistas y los anarquistas reaccionaron rápidamente y declararon una Huelga general, que Sanjurjo no pudo controlar. Las emisoras de radio empezaron a anunciar que el gobierno había organizado varias columnas militares que marchaban sobre Sevilla. Efectivamente, a las tres de la tarde salieron de Madrid dos trenes militares: uno llevaba dos batallones de infantería y otro llevaba dos grupos de artillería. El gobierno también movilizó a la aviación, traslandando hacia Andalucía a varias escuadrillas. A las 01:00 horas del 11 de agosto varios oficiales de la guarnición sevillana acudieron a hablar con Sanjurjo y le comunicaron que no lucharían contra las columnas gubernamentales que se dirigían hacia Sevilla. Cuando Sanjurjo vio todo perdido, sus seguidores le recomendaron que huyera a Portugal, cosa que hizo a pesar de que fue detenido en Ayamonte (Huelva) cuando trataba de pasar la frontera. Junto a Sanjurjo iban el general García de la Herrán y el teniente coronel Emilio Esteban Infantes. Tras el desconcierto que reinó en la ciudad cuando el golpe se vino abajo, fueron incendiados varios clubes de las clases altas sevillanas.


Los rebeldes durante su rendición, Palacio de Telecomunicaciones de Madrid.


Desde el primer momento el golpe de estado adoleció de graves deficiencias organizativas y hubo de enfrentarse a numerosos imprevistos. De la esperada intervención del Ejército, solo acabaron participando 145 oficiales en la intentona (entre otros, el Duque de Sevilla, Martín Alonso o Tella), lo que da una idea de la poca repercusión y seguimiento que tuvo. Muchos oficiales antirrepublicanos no se unieron al golpe ya que consideraban que estaba insuficientemente planteado y sus fines monarquizantes resultaban poco realistas.2 El fracaso de la intentona golpista convenció erróneamente a muchos políticos y militares republicanos de que el peligro de las conspiraciones había pasado y la aceptación de la República era definitiva, lo que tendría graves consecuencias durante el Golpe de Estado de julio de 1936.


Uno de los rreveldes muerto


Además del fracaso político y militar, los efectos de la «Sanjurjada» fueron los contrarios a lo que pretendían evitar los golpistas: el Estatuto de Autonomía de Cataluña y la Ley de Reforma Agraria, cuya aprobación intentaban impedir los golpistas, fueron rápidamente votados favorablemente por las Cortes y aprobados.

Tras el golpe, Sanjurjo fue en primer lugar condenado a muerte por un consejo de guerra, aunque la pena fue conmutada por la de cadena perpetua por un decreto del presidente de la República. El propio presidente del Tribunal Supremo, Mariano Gómez González, había recomendado que la condena a muerte fuera conmutada por su expulsión del Ejército. Manuel Azaña escribió en su diario del 25 de agosto de 1932: «Más ejemplar escarmiento es Sanjurjo fracasado, vivo en presidio, que Sanjurjo glorificado, muerto». En cambio el ministro de la Gobernación Santiago Casares Quiroga se opuso a la conmutación de la pena de muerte, ya que según él «rompe la firmeza del Gobierno, alienta a los conspiradores, y nos impide ser rigurosos con los extremistas». El presidente mexicano Plutarco Elías Calles le hizo llegar al presidente Azaña el siguiente mensaje: «Si quieres evitar un derramamiento de sangre en todo el país y garantizar la supervivencia de la República, ejecuta a Sanjurjo». Tras su indulto por iniciativa del Presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, pasó una temporada en el penal de El Dueso, donde permaneció en un régimen carcelario bastante favorable para Sanjurjo. Finalmente se exilió en la localidad portuguesa de Estoril.


Sanjurjo y otros oficiales en el banquillo de acusados, durante su juicio (1932).


Sobre los militares y los civiles monárquicos que habían participado o habían apoyado el golpe cayeron casi todas las medidas represivas previstas por la Ley de Defensa de la República: 145 jefes y oficiales fueron detenidos, juzgados y deportados a Villa Cisneros, en la colonia española de Río de Oro. El gobierno decretó la expropiación de bienes rústicos de varios de los implicados en la intentona golpista. Entre los afectados estaban el líder tradicionalista Fal Conde, los generales González Carrasco o Cavalcanti, además de terratenientes, hombres de negocios, etc.

El gobierno sospechó que el líder del Partido Radical, Alejandro Lerroux, había estado implicado o al menos había tenido conocimiento de la conspiración, por los diversos contactos que mantuvo en los días anteriores con algunos de sus organizadores, el general Sanjurjo incluido. Incluso se creía que le habían propuesto presidir el gobierno si el golpe triunfaba. La sospecha creció sustancialmente cuando cuando Lerroux, a los pocos meses de presidir el gobierno, amnistió a los implicados en el golpe.

Javier De Frutos
Para Por y Para Aranjuez


viernes, 5 de agosto de 2016

Las Trece Rosas

  • Las Trece Rosas es el nombre colectivo que se le dio a un grupo de trece jóvenes, la mitad de ellas miembros de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), fusiladas por el régimen franquista en Madrid, el 5 de agosto de 1939, poco después de finalizar la Guerra Civil Española.
  • Su historia sigue viva hoy en forma de libros, teatro, documentales y cine.




"Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar… Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia". Fueron éstas las últimas palabras que dirigiría a su familia una muchacha de 19 años llamada Julia Conesa. Corría la noche del 4 de agosto de 1939. Hacía cuatro meses que había terminado la Guerra Civil. Madrid, destruida y vencida tras tres años de acoso, de bombardeos y resistencia ante el ejército sublevado, intentaba adaptarse al nuevo orden impuesto por el general Franco, un régimen que iba a durar cuatro décadas.

Tras la ocupación de Madrid por el ejército franquista y el fin de la guerra, las Juventudes Socialistas Unificadas intentaron reorganizarse clandestinamente bajo la dirección de José Pena Brea, de 21 años. Los dirigentes del PCE y las JSU habían abandonado España, dejando la organización en manos de militantes poco significativos, los cuales esperaban pasar más desapercibidos. José Pena, secretario general del comité provincial de las JSU, fue detenido por una delación y obligado a dar, mediante torturas, todos los nombres que sabía y firmar una declaración preparada.

Roberto Conesa, policía infiltrado en la organización, colaboró también en la caída de la organización. Conesa fue posteriormente comisario de la Brigada Político-Social franquista y ocupó un cargo importante en la policía durante los primeros años de la democracia. La práctica totalidad de la organización clandestina cayó de este modo, sin apenas posibilidad de reorganización. La mayor parte de los detenidos aún no había tenido tiempo de integrarse en la organización clandestina o apenas acababan de hacerlo. A la captura de los militantes ayudó el que los ficheros de militantes del PCE y las JSU no habían podido ser destruidos, debido al golpe de Estado del coronel Casado, y fueron requisados por los militares franquistas al ocupar Madrid. Entre los detenidos se hallaban «Las Trece Rosas», que fueron detenidas y conducidas primero a instalaciones policiales, donde fueron torturadas, y después a la cárcel de mujeres de Ventas, construida para 450 personas en la que se hacinaban unas 4000.

El 27 de julio de 1939 tuvo lugar un atentado contra el coche donde viajaba el comandante Isaac Gabaldón, acompañado de su hija y el chófer, cuando circulaba por la carretera de Extremadura cerca de Talavera de la Reina. El comandante Gabaldón, que murió en el atentado, era un antiguo miembro de la «quinta columna» de Madrid y en aquel momento desempeñaba un cargo importante en el aparato represivo franquista, pues estaba encargado del «archivo de la masonería y el comunismo» que suministraba documentación a los fiscales militares en los consejos de guerra contra los partidarios de la República, de ahí que el régimen interpretara su muerte como «un desafío de un adversario al que creía totalmente aniquilado, y decidió castigar a los verdaderos o supuestos responsables de un modo ejemplar». Aunque todo parecía indicar que había sido obra de algún grupo de antiguos soldados de la República, o de huidos —no era la primera vez que se producía un atentado contra un vehículo en marcha en los alrededores de Madrid—, el régimen lo atribuyó a una supuesta red comunista de grandes dimensiones. La hija de 18 años y el chófer también murieron en el atentado.

Un primer consejo de guerra sumarísimo se celebró el 4 de agosto en Madrid, donde fueron condenados a muerte 65 de los 67 acusados, todos ellos miembros de las JSU, siendo fusilados al día siguiente 63. El 7 de agosto fueron fusilados un número indeterminado de hombres condenados en otro juicio, y pocos días más tarde fueron condenadas 24 personas más —fueron fusiladas 21, salvándose tres jóvenes «porque el régimen había empezado a temer que el caso pudiera crear un eco desfavorable para la nueva España en el extranjero»—. Entre los primeros 63 ejecutados se encontraban trece mujeres jóvenes, que serían conocidas como «las Trece Rosas».

Según otras fuentes, el primer Consejo de Guerra se celebró el 3 de agosto (expediente 30.426) y en él fueron juzgados 57 miembros de las JSU, de los cuales 14 eran mujeres. Entre los acusados se encontraban los tres asesinos de Gabaldón, mientras que la mayoría del resto habían sido detenidos antes del atentado. En el juicio se dictaron 56 penas de muerte, librándose sólo una de las mujeres. Los acusados que no habían participado directamente en el atentado contra Gabaldón fueron acusados de reorganizar las JSU y el PCE para cometer actos delictivos contra el «orden social y jurídico de la nueva España», y condenados, por «adhesión a la rebelión». La mayoría de las ejecuciones (incluyendo las de las Trece Rosas) tuvieron lugar en la madrugada del 5 de agosto de 1939, junto a la tapia del cementerio de la Almudena de Madrid, a 2 km de la prisión de Las Ventas. Al día siguiente fueron fusilados los autores materiales del atentado.

Nueve de las jóvenes fusiladas eran en el momento de su muerte menores, ya que la mayoría de edad estaba establecida en 21 años.

Los fusilamientos saltaron más tarde a la prensa internacional cuando se conoció que entre los primeros 63 ejecutados se encontraban trece mujeres jóvenes. Una hija de madame Curie promovió una campaña de protesta en París por las «las trece rosas» que tuvo un gran impacto en Francia, a pesar de lo cual el régimen franquista no detuvo su espiral represiva —se estima que la mayoría de las 364 personas que fueron detenidas por el atentado contra el comandante Gabaldón fueron fusiladas—.

13 de aquellas mujeres y 43 hombres fueron ejecutados ante las tapias del cementerio del Este. El momento lo recuerdan así algunas compañeras de presidio: "Yo estaba asomada a la ventana de la celda y las vi salir. Pasaban repartidores de leche con sus carros y la Guardía Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos y tres guardias escoltaban a cada pareja, parecían tranquilas" (María del Pilar Parra). "Algunas permanecimos arrodilladas desde que se las llevaron, durante un tiempo que me parecieron horas, sin que nadie dijera nada. Hasta que María Teresa Igual, la funcionaria que las acompañó, se presentó para decirnos que habían muerto muy serenas y que una de ellas, Anita, no había fallecido con la primera descarga y gritó a sus verdugos: '¿es que a mí no me matan?" (Mari Carmen Cuesta). "Si fue terrible perderlas, verlas salir, tener que soportarlo con aquella impotencia, más lo fue ver la sangre fría de Teresa Igual relatando cómo habían caído. Entre las cosas que nos dijo, fue que las chicas iban muy ilusionadas porque pensaban que iban a verse con los hombres [con sus novios y maridos, también condenados] antes de ser ejecutadas, pero se encontraron que ya habían sido fusilados" (Carmen Machado).

Las Trece Rosas

Carmen Barrero Aguado (20 años, modista). Trabajaba desde los 12 años, tras la muerte de su padre, para ayudar a mantener a su familia, que contaba con 8 hermanos más, 4 menores que ella. Militante del PCE, tras la guerra, fue la responsable femenina del partido en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.

Martina Barroso García (24 años, modista). Al acabar la guerra empezó a participar en la organización de las JSU de Chamartín. Iba al abandonado frente de la Ciudad Universitaria a buscar armas y municiones (lo que estaba prohibido). Se conservan algunas de las cartas originales que escribió a su novio y a su familia desde la prisión.
Blanca Brisac Vázquez (29 años, pianista). La mayor de las trece. Tenía un hijo. No tenía ninguna militancia política. Era católica y votante de derechas. Fue detenida por relacionarse con un músico perteneciente al Partido Comunista. Escribió una carta a su hijo la madrugada del 5 de agosto de 1939, que le fue entregada por su familia (todos de derechas) 16 años después. La carta aún se conserva.

Pilar Bueno Ibáñez (27 años, modista). Al iniciarse la guerra se afilió al PCE y trabajó como voluntaria en las casas-cuna (donde se recogía a huérfanos y a hijos de milicianos que iban al frente). Fue nombrada secretaria de organización del radio Norte. Al acabar la guerra se encargó de la reorganización del PCE en ocho sectores de Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.

Julia Conesa Conesa (19 años, modista). Nacida en Oviedo. Vivía en Madrid con su madre y sus dos hermanas. Se afilió a las JSU por las instalaciones deportivas que presentaban a finales de 1937 donde se ocupó de la monitorización de estas. Pronto se empleó como cobradora de tranvías, ya que su familia necesitaba dinero, y dejó el contacto con las JSU. Fue detenida en mayo de 1939 siendo denunciada por un compañero de su "novio". La detuvieron cosiendo en su casa. Dijo antes de morir : "Que mi nombre no se borre en la historia".
Adelina García Casillas (19 años, activista). Militante de las JSU. Hija de un guardia civil. Le mandaron una carta a su casa afirmando que solo querían hacerle un interrogatorio ordinario. Se presentó de manera voluntaria, pero no regresó a su casa. Ingresó en prisión el 18 de mayo de 1939.

Elena Gil Olaya (20 años, activista). Ingresó en las JSU en 1937. Al acabar la guerra comenzó a trabajar en el grupo de Chamartín.

Virtudes González García (18 años, modista). Amiga de María del Carmen Cuesta (15 años, perteneciente a las JSU y superviviente de la prisión de Ventas). En 1936 se afilió a las JSU, donde conoció a Vicente Ollero, que terminó siendo su novio. Fue detenida el 16 de mayo de 1939 denunciada por un compañero suyo bajo (se dice) tortura.

Ana López Gallego (21 años, modista). Nacida en La Carolina, Jaén. Militante de las JSU. Fue secretaria del radio de Chamartín durante la Guerra. Su novio, que también era comunista, le propuso irse a Francia, pero ella decidió quedarse con sus tres hermanos menores en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo, pero no fue llevada a la cárcel de Ventas hasta el 6 de junio. Se cuenta que no murió en la primera descarga y que preguntó: «¿Es que a mí no me matan?».

Joaquina López Laffite (23 años, secretaria). En septiembre de 1936 se afilió a las JSU. Se le encomendó la secretaría femenina del Comité Provincial clandestino. Fue denunciada por Severino Rodríguez (número dos en las JSU). La detuvieron el 18 de abril de 1939 en su casa, junto a sus hermanos. La llevaron a un chalet. La acusaron de ser comunista, pero ignoraban el cargo que ostentaba. Joaquina reconoció su militancia durante la guerra, pero no la actual. No fue conducida a Ventas hasta el 3 de junio, a pesar de ser de las primeras detenidas.

Dionisia Manzanero Salas (20 años, modista). Se afilió al Partido Comunista en abril de 1938 después de que un obús matara a su hermana y a unos chicos que jugaban en un descampado. Al acabar la guerra fue el enlace entre los dirigentes comunistas en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.

Victoria Muñoz García (18 años, activista). Se afilió con 15 años a las JSU. Pertenecía al grupo de Chamartín. Era la hermana de Gregorio Muñoz, responsable militar del grupo del sector de Chamartin de la Rosa. Llegó a Ventas el 6 de junio de 1939.

Luisa Rodríguez de la Fuente (18 años, sastre). Entró en las JSU en 1937 sin ocupar ningún cargo. Le propusieron crear un grupo, pero no había convencido aún a nadie más que a su primo cuando la detuvieron. Reconoció su militancia durante la guerra, pero no la actual. En abril la trasladaron a Ventas, siendo la primera de las Trece Rosas en entrar en la prisión.

Javier De Frutos
Para Por y Para Aranjuez



viernes, 29 de julio de 2016

La desamortización de Mendizabal

179 años de la desamortización de Mendizabal (1836-1837)


  • Tal día como hoy en 1837, en España, Juan Álvarez Mendizábal promulga la ley de desamortización de la Iglesia.
  • La desamortización fue una de las armas políticas con la que los liberales modificaron el régimen de la propiedad del Antiguo Régimen para implantar el nuevo Estado liberal durante la primera mitad del siglo XIX.



Juan Álvarez De Mendizábal (1790-1853)


El 29 de septiembre de 1833 muere Fernando VII, dejando como heredera del trono a su hija Isabel, con casi tres años de edad, y a su esposa, María Cristina de Nápoles, a cargo de la Regencia. Previamente, el monarca había abolido la ley sálica, que excluía del trono a las mujeres, lo que luego sería causa de una fuerte oposición militar por parte del infante Carlos y sus partidarios, los «carlistas», que, hasta ese momento, se tenía por legítimo sucesor.

En 1834, en una situación de crisis económica lamentable, la Reina Gobernadora pone al frente del primer ministerio a Juan Álvarez Mendizábal (1790-1853), nacido en Chiclana de la Frontera, Cádiz, quien, para sanear la Hacienda y hacer frente a los grandiosos gastos que suponía hacer frente al primer levantamiento de los carlistas (1833-1835), pone en práctica una contundente política de desamortización de los bienes de la Iglesia, acusada de partidaria del carlismo.

Así, entre 1835 y 1836, dispone una sucesión ininterrumpida de decretos, suprimiendo un gran número de conventos y congregaciones religiosas (excepto algunas dedicadas a la enseñanza de niños pobres o al cuidado de enfermos), cuyos bienes pasaron a manos del Estado, para ser vendidos luego en pública subasta, y su producto aplicado a la amortización de la Deuda.

Caída María Cristina al frente del reino (1840) y nombrado regente el general Baldomero Espartero (1793-1879), el nuevo mandatario dispuso, el 2 de septiembre de 1841, la venta de las fincas, derechos y acciones del clero secular. Doce provincias, entre ellas Madrid, Valencia, Salamanca, Sevilla, Cádiz, Jaén y Granada, poseían más de la mitad de los bienes del clero. Las ventas obtenidas en ellas significaron el 41,41% de todas las ventas nacionales y el 50,95% de las de las fincas urbanas.

El 19 de febrero de 1836 comenzaba el proceso desamortizador impulsado por el primer ministro Juan Álvarez Mendizábal. Cuando Mendizábal llegó al poder en 1835 tenía ante sí lo que consideraba dos problemas fundamentales, el precario estado de las arcas públicas y la guerra civil contra los carlistas. Para remediar ambos problemas en una sola jugada, ideó la desamortización, una medida injusta —y fracasada— que pretendía poner en el mercado bienes y tierras mediante la expropiación forzosa, para venderlas mediante subasta pública. Mendizábal pretendía así financiar la recluta de 100.000 soldados y terminar con la guerra, al tiempo que renovaba el flujo de caudal público y ganaba para la causa liberal un buen puñado de compradores agradecidos.

Lo que se conoce por bienes de «manos muertas» eran aquellos patrimonios que procedían del Antiguo Régimen y que se encontraban «amortizados», esto es, que no podían ser vendidos ni divididos. Pertenecían a un título nobiliario o eclesiástico, a una villa, a un convento, a una orden militar o a un mayorazgo y en ocasiones tenían vinculado un determinado uso, a menudo comunal. Su titularidad podía transmitirse a quien correspondiese en herencia, pero debían permanecer íntegros. La desamortización parcial de estos bienes se venía produciendo desde el siglo xvi por necesidades concretas de los monarcas. Y gobernantes como Godoy y José I la habían puesto en práctica, el segundo como medida hostil ante el apoyo del clero a la resistencia.

Mendizábal no era un pionero pero sí fue el impulsor definitivo de esta medida, que con él se volvió irreversible. Con la finalidad de «disminuir la deuda pública», el primer ministro legisló a base de «decretazos» (sus medidas no pasaron por el Parlamento), la supresión de todas las órdenes religiosas que no tuvieran como fin la beneficencia, al tiempo que expropiaba sus bienes y los ponía en venta. Como medida social, el proceso no tuvo efecto igualitario alguno, pues el método de subasta dirigía los bienes hacia unas pocas manos, las que disponían de capital. No se formó en España ninguna burguesía agraria, pues sólo la nobleza terrateniente se interesó por las grandes pujas. La reforma acrecentó el latifundismo en el sur y atomizó los minifundios del norte. Tampoco logró el flujo de capital deseado, pues el proceso de venta fue lento y el dinero llegó con cuentagotas. Bien es cierto que se liberaron miles de hectáreas para su explotación, pero al no venir acompañada de una reforma agraria, sus consecuencias fueron limitadas. La desamortización de Mendizábal, ministro de la regente María Cristina de Borbón, en 1836, tuvo unas consecuencias muy importantes para la historia económica y social de España.

Como la división de los lotes se encomendó a comisiones municipales, éstas se aprovecharon de su poder para hacer manipulaciones y configurar grandes lotes inasequibles a los pequeños propietarios pero pagables, en cambio, por las oligarquías muy adineradas que podían comprar tanto grandes lotes como pequeños.

Los pequeños labradores no pudieron entrar en las pujas y las tierras fueron compradas por nobles y burgueses urbanos adinerados, de forma que no pudo crearse una verdadera burguesía o clase media en España que sacase al país de su marasmo.

Los terrenos desamortizados por el gobierno fueron únicamente los pertenecientes al clero regular. Por esto la Iglesia tomó la decisión de excomulgar tanto a los expropiadores como a los compradores de las tierras, lo que hizo que muchos no se decidieran a comprar directamente las tierras y lo hicieron a través de intermediarios o testaferros.

Javier De Frutos
Para Por Y para Aranjuez



miércoles, 13 de julio de 2016

19 años sin Miguel Angel Blanco

19 años sin Miguel Angel Blanco

  • Los terroristas dieron entonces un ultimátum: si en 48 horas no anunciaba el traslado de todos los presos vascos a Euskadi, el concejal de Ermua por el PP moriría
  • Ante la negativa del Gobierno central, la tarde del día 12 fue tiroteado en un descampado, muriendo en la madrugada del día 13.




Hijo de Miguel Blanco, nacido en la población orensana de Junquera de Espadañedo, y de Consuelo Garrido, nacida en la población orensana de La Merca, Miguel Ángel tenía una hermana, María del Mar.

Se licenció en Ciencias Económicas por la Universidad del País Vasco en Sarriko, Vizcaya. Durante un tiempo trabajó como albañil con su padre, hasta que encontró otro trabajo más acorde con sus estudios como economista en la consultoría Eman Consulting de la localidad de Éibar, a donde se trasladaba diariamente en ferrocarril, rutina que facilitó su secuestro por los terroristas.

En 1995 se afilió a Nuevas Generaciones del Partido Popular País Vasco, dirigidas en aquella fecha por su amigo Iñaki Ortega Cachón. Éste lo convenció y logró que se integrara en el comité ejecutivo provincial y posteriormente fue elegido número tres en las listas del PP en las elecciones municipales de mayo en 1995, en las que su partido cuadriplicó sus anteriores resultados en Ermua, logrando su acta de concejal.

El 1 de julio de 1997, el funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara fue liberado por la Guardia Civil, tras pasar 532 días en un zulo de la localidad de Mondragón, siendo detenidos los cuatro terroristas que lo mantenían secuestrado.

Francisco Javier García Gaztelu, alias «Txapote», Irantzu Gallastegui Sodupe, «Nora», y José Luis Geresta Mujika, «Oker» o «Ttotto», todos miembros del comando Donosti de ETA, intentaron localizar a Miguel Ángel Blanco el 9 de julio, miércoles, a partir del trayecto que hacía normalmente desde su domicilio, en la calle Iparraguirre de Ermua. Los tres terroristas no lo localizaron, ya que Blanco se había desplazado con un vehículo que pertenecía a su padre.

Al día siguiente, fue localizado a las 15:30 horas, cuando bajaba del tren para acudir a su lugar de trabajo, la empresa Eman Consulting. Irantzu Gallastegui, «Nora», abordó al concejal y le introdujo en un vehículo oscuro que estaba estacionado en la calle Ardanza. A las 18:30 horas, los etarras pidieron el acercamiento de los presos de ETA a cárceles del País Vasco, en un comunicado que fue reproducido en la emisora de radio Egin Irratia, diciendo que si antes de las 16 horas del sábado, día 12, el Gobierno, presidido por José María Aznar, no llevaba a cabo el acercamiento de los presos, ejecutarían a Blanco.

El concejal fue retenido en algún lugar aún desconocido. Allí fue maniatado y permaneció hasta el día del ultimátum. El 12 de julio, los tres terroristas lo introdujeron en el maletero de un vehículo y lo llevaron a un descampado de la localidad de Lasarte-Oria, en Guipúzcoa. Gaztelu, viendo que sus exigencias no se habían cumplido. El sábado, el día que expira el ultimátum, España es un clamor. En Bilbao se dan cita medio millón de personas, en la mayor manifestación que ha conocido nunca el País Vasco. Pero los gritos no llegan a los oídos de 'Txapote'. Minutos antes de las 16,00 horas, los terroristas llevan a Blanco, metido en el maletero del coche, hasta una arboleda en Lasarte. 'Amaia' se queda en el automóvil. El edil, con las manos atadas con unos cables, camina unos pasos. Geresta sujeta a la víctima. 'Txapote' desenfunda su arma, una pistola del calibre 22, demasiado pequeña para una ejecución.

'Txapote', «con el arma encima de la piel», según los forenses, le dispara en la cabeza. El primer minúsculo proyectil no causa más allá que una fractura ósea en el cráneo del concejal, que ni siquiera pierde la conciencia. Los verdugos se ponen nerviosos. Obligan a Blanco a ponerse de rodillas. 'Txapote' realiza un segundo disparo, también a «cañón tocante», por debajo de una oreja. Esta vez sí es mortal, aunque Blanco no murió en el acto. Dos hombres que caminaban por el campo en Azokaba descubrieron poco después a Blanco aún con vida. Fue trasladado a la Residencia Sanitaria de Nuestra Señora de Aránzazu, pero no se pudo hacer nada por su vida. Miguel Ángel Blanco falleció a las 5:00 horas del 13 de julio de 1997

El asesinato de Miguel Ángel Blanco supuso una importante movilización en contra de ETA. Tras su muerte se acuñó el término espíritu de Ermua y se creó el 18 de diciembre de 1997 la Fundación Miguel Ángel Blanco. La entidad promotora de esta fundación fue RTVE, que donó para su creación los ingresos obtenidos durante el acto homenaje en recuerdo de Miguel Ángel Blanco.

Su secuestro y asesinato provocaron un sentimiento social de rechazo hacia ETA en grandes sectores de la ciudadanía. Aunque asociaciones como Gesto por la Paz de Euskal Herria5 ya habían iniciado el año anterior sus movilizaciones cívicas contra la violencia, a partir de entonces las organizaciones y las expresiones en contra de la violencia de ETA aumentaron.

El Foro Ermua surge tras la reunión de varios profesores después del secuestro y posterior asesinato del concejal. Su eje de acción fue un manifiesto de repulsa donde se proclama su oposición a cualquier negociación con ETA que no sea su disolución como organización armada y la unidad antiterrorista de los dos grandes partidos políticos, PP y PSOE.

El 30 de junio de 2006, se juzgó a los responsables, «Txapote» y «Nora» —Mujika se suicidó dos años después del asesinato—, y se los condenó a 50 años de prisión, por el secuestro y asesinato del concejal.6 Durante los mismos días del juicio, Telecinco emitió el documental Miguel Ángel Blanco: el día que me mataron.

Los familiares de Miguel Ángel fueron expulsados del juicio por interrumpir la vista tras enfrentarse a los acusados y sus familiares.

Tras el décimo aniversario de la muerte de Blanco, sus familiares trasladaron su cuerpo desde el nicho del cementerio de Ermua al de la localidad orensana de La Merca, donde actualmente descansa en su tumba.

Javier De Frutos
Para Por y Para Aranjuez


lunes, 11 de julio de 2016

Camping de Los Alfaques, 38 años de la tragedia

Camping de Los Alfaques, 38 años de la tragedia

  • La explosión de un camión cisterna abrasó en apenas unos segundos un camping en la costa de Tarragona, carbonizando a 215 personas y causando heridas graves a otras 77
  • Tres muertos de Los Alfaques, aún sin ser reclamados tras 38 años.



Estado en el que quedó la sección del camping afectada por la explosión

El accidente del camping de Los Alfaques se produjo el 11 de julio de 1978 en un campamento de playa situado en el municipio de Alcanar, comarca del Montsiá en la provincia de Tarragona (España), a solo 3 km del núcleo urbano de San Carlos de la Rápita, donde tuvo lugar un gravísimo accidente por la explosión de un camión cisterna que transportaba propileno licuado. El resultado fue de 243 fallecidos, más de 300 heridos graves, y la destrucción de la mayor parte del campamento.

El 11 de julio de 1978 un camión cisterna cargado con 25 toneladas de propileno licuado salió desde Tarragona de la refinería Enpetrol y se dirigió hacia el sur por la vieja N-340, hacia Alicante. La cisterna tenía una capacidad aproximada de 45 metros cúbicos y una capacidad legal máxima de 19,35 Toneladas de carga de 8 bares (unas 8 atmósferas), sin embargo, como demostró la investigación posterior esta capacidad fue sobrepasada con creces. Por si fuera poco, la cisterna (fabricada en acero al carbono) no disponía de ningún sistema de alivio de presión.

La secuencia de la tragedia se inició cuando, el conductor del camión probablemente para ahorrarse el paso por el peaje, que habría tenido que pagar de su propio bolsillo, decidió conducir por la N-340 en dirección sur. Después de recorrer 102 kilómetros -en el 159,5- a las 14:35, al pasar por delante del campamento "Los Alfaques", ocurrió la catástrofe. En ese momento, el campamento tenía registradas unas 800 personas, y se estima que entre 300 y 400 se encontraban dentro del radio de la explosión, calculada entre 0,5 y 1 km, y que mató instantáneamente a 158 personas.

En la investigación subsiguiente se expuso como hipótesis más probable que el camión cisterna estaba sobrecargado, ya que llevaba unas 25t en vez de las 19 máximas reglamentarias. Aquella cantidad ocupaba totalmente el espacio disponible de la cisterna, que de este modo quedaba llena al 100%. A pesar de que inicialmente el líquido se encontraba muy frío, debido a la larga exposición al sol durante el viaje, la carga se fue calentando y con ella se generó una expansión del líquido contenido, el cual, al carecer de espacio para expandirse elevó la presión interna muy por encima de la que correspondería a su punto de equilibrio líquido-vapor (límite para el que estaba diseñada la cisterna). A consecuencia del exceso de presión, el tanque de acero reventó posiblemente por rotura de una de las soldaduras que unían dos secciones cilíndricas de la cisterna, desdoblándola en dos piezas. En ese instante el propileno licuado se encontró sin una pared de contención y se liberó bruscamente, al igual que ocurriría en un cohete a reacción.

El gas licuado, al verse libre y encontrar numerosos puntos productores de chispas por los rozamientos, se incendió generando una explosión cuyo empuje dividió en dos al camión proyectando sus mitades en direcciones opuestas durante cientos de metros. Como resultado, la parte delantera de la cisterna y la tractora del camión sufrieron un impulso hacia adelante en la dirección de la carretera. La parte posterior, mucho mayor, salió despedida hacia atrás, desviándose ligeramente de la carretera y avanzando más de 200 metros campo a través hasta alcanzar el edificio de un restaurante. Visto el ángulo que formaron las dos partes de la cisterna se puede inferir que la rotura de la soldadura empezó por el lado del mar, justo apuntando al Campamento los Alfaques. Las dos piezas en que se rompió la cisterna avanzaron hacia la montaña, así como el líquido incendiado, que avanzó hacia el Campamento. La deflagración del líquido arrastró una pieza inerte de la cisterna, su cobertura, que se encontró en la mitad del campamento, concretamente en la zona de mayor devastación.
Durante la explosión, la bola de fuego cubrió en un instante la mayor parte del campamento, afectando la plaza al sur de la calle y a muchos de los veraneantes que estaban allí. Además, las altas temperaturas de más de 2000ºC, hicieron que la gran cantidad de bombonas de gas que había en el propio campamento se inflamaran, sumándose al incendio de la explosión. Según los testigos presenciales, la temperatura en la zona fue tan alta que hizo hervir el agua de la orilla del mar hacia donde las víctimas huían.

Comenzaba entonces un auténtico infierno para los veraneantes que habían venido de media Europa para disfrutar del sol de Tarragona. Según testigos presenciales el espectáculo tras la explosión, que fue alimentada por los depósitos de los coches aparcados y las bombonas de butano de los campistas, era dantesco. «Hay cuerpos completamente calcinados y esparcidos por todas partes», escribía al día siguiente en ABC el enviado especial del periódico, quién afirmó que la zona había quedado «arrasada como si hubiera caído un meteorito».

Fallecieron 158 personas en el acto, incluido el conductor del camión. Sin embargo, si la explosión se hubiese producido pocos minutos antes las consecuencias hubiesen sido desproporcionadas, ya que la carretera N-340 pasa también por el centro de San Carlos de la Rápita, que en esa época del año podía albergar a unas 20.000 personas, entre residentes y turistas. Se calcula que la explosión se produjo justo un minuto después de abandonar el núcleo urbano, lo que atenuó que la explosión hubiese sido más devastadora en cuanto a víctimas y destrozos materiales se refiere.

Los periódicos divulgaron que la tragedia duró aproximadamente 45 minutos, desde la explosión a la llegada de las primeras fuerzas de rescate al lugar del accidente. Mientras tanto los veraneantes y una gran cantidad de residentes locales, de La Rápita, ya trasladaban los afectados a centros médicos en sus propios coches o autocaravanas. Las ambulancias y otras unidades de emergencia fueron llegando gradualmente al lugar. La Guardia Civil y el ejército escudriñaron el campamento arrasado buscando supervivientes.

Los heridos fueron transportados a los hospitales de Barcelona y Madrid así como a la Unidad de Quemados del antiguo Hospital Universitario La Fe de Valencia. Durante los días y semanas posteriores fallecieron otros 70 veraneantes debido a la gravedad de las quemaduras. En total murieron 243 personas, entre ellos muchos turistas alemanes así como franceses y belgas. Además, más de 300 personas sufrieron graves quemaduras de consecuencias persistentes.

En el accidente, dos terceras partes del campamento sobre una superficie de 700 x 450 metros fueron destruidos, aunque la parte norte del recinto permaneció casi intacta. La discoteca que había enfrente del campamento quedó completamente destruida por la fuerza de la onda expansiva, dándose la casualidad que la familia propietaria estaba dentro limpiándola. Allí murieron 4 adultos y dos menores, los únicos de la localidad, junto a un obrero que realizaba obras en un chalet cercano a la zona. La parte posterior del tanque de combustible se desplazó 300 metros empotrándose en un edificio.

La gravedad de las quemaduras dificultó la identificación de las víctimas. El trabajo de la Comisión de Identificación y el Departamento de Investigación Criminal de la República Federal Alemana permitió la identificación de todas. Voluntarios del Hospital Verge de la Cinta de Tortosa extrajeron muestras de sangre ventricular de 105 de los cuerpos del accidente, que se encontraban en el cementerio de Tortosa.

La identificación de los cadáveres se hizo muy difícil por encontrarse la mayoría de los cuerpos completamente carbonizados y vestidos tan solo con traje de baño. Según escribía Alfredo Semprún, enviado por ABC para cubrir el suceso, el cadáver de un bebé se halló materialmente injerto en el asfalto de uno de los caminos del camping y un día después de la tragedia todavía vagaban «como autómatas» algunos supervivientes por los alrededores. «Entre ellos nos llama poderosamente la atención un francés permanentemente abrazado a un perro Pointer, "único ser querido que ha sobrevivido a la catástrofe, ya que mi esposa e hijo —contaba entre lágrimas— han muerto. Yo me salvé porque llevé al perro a pasear, mientras que ellos dormían la siesta"». El periodista también recogió la petición de otro superviviente francés, Diego Noden, «que nos ruega que hagamos constar, en su nombre y en el de sus compatriotas, el agradecimiento al pueblo llano y sencillo español, que supo verter toda su simpatía y valor humano en los momentos que más se necesitaba».

La tragedia alcanzó tal cariz que obligó a cambiar las normas de seguridad para el transporte de mercancías peligrosas por carretera. De acuerdo con el Grupo Universitario de Investigación Analítica de Riesgos (GUIAR) de la Universidad de Zaragoza, a raíz del accidente se impuso la obligatoriedad de instalar de válvulas de alivio de presión en las cisternas que transportan determinadas sustancias inflamables y se diseñaron rutas adecuadas fuera de los núcleos urbanos parael transporte de mercancías peligrosas.

Cuatro años después de la tragedia, en 1982, la Audiencia de Tarragona condenó al jefe de Seguridad de Enpetrol por no avisar del exceso de carga —una anomalía que al parecer se producía frecuentemente— y al director de la refinería a un año de prisión e indemnizaciones a los perjudicados, que correrían a cargo de Enpetrol como responsable civil subsidiario. Los daños materiales, incluyendo las indemnizaciones, quedaron valorados en unos 176 millones de pesetas de entonces. En 1983 la Sala Segunda del Supremo aceptó parcialmente los recursos de ambos, negando que hubiera imprudencia temeraria profesional.

En 1982 se determinó la responsabilidad de dos empresas acusadas de negligencia ("imprudencia temeraria") y sentenciadas al encarcelamiento por un año de sus directivos. En subsecuente acción civil, se obligó en 1982 y 1983 a las empresas "Cisternas Reunidas" y "Enpetrol" a pagar compensaciones por un total de 2.200 millones de pesetas, el equivalente a 13,23 millones de euros, sin tener en cuenta la inflación.

Tras la tragedia, las dos terceras partes del camping siguieron funcionando, mientras que la zona afectada fue remodelada durante los diez meses posteriores. Sobre la tierra calcinada se depositó una capa de treinta centímetros de arena nueva, se plantaron árboles y los hierros retorcidos de los automóviles y las caravanas fueron retirados. También se erigió un monolito con dos centenares de estrellas orlando un círculo con una cruz y una inscripción que solamente reza: «In memoriam».

38 años después y aún hay 3 cadáveres sin reclamar.

"Colombianos". Esa era la inscripción que alguien colocó sobre los cuerpos de los tres componentes de una familia suramericana que perdió la vida en el cámping Los Alfaques, frente al que hoy hace 25 años explotó un camión cisterna cargado de propileno. Al día siguiente, los cadáveres de estas tres personas yacían en uno de los pasillos del cementerio de Tortosa (Tarragona) junto a una enorme concentración de ataúdes de las víctimas de la tragedia, que causó 215 muertos. A ese tanatorio improvisado al aire libre fueron llegando las familias de los fallecidos para identificar a las víctimas. Apenas quedaban restos de ropa y los pocos objetos que pudieron salvarse tras el paso de la bola de fuego, a 1.000 grados de temperatura, quedaron en manos de la policía.

"La calcinación hacía que aproximadamente el 80% de los cadáveres fueran inidentificables", explica Felipe Tallada, uno de los abogados que intervino en la causa judicial posterior al siniestro. Su padre, entonces alcalde de Tortosa y una de las personas que participó en la coordinación del operativo de emergencia, asiente al escuchar las declaraciones de su hijo.

Los mapas dentales que se solicitaron a los familiares resultaron claves para descifrar los nombres, con la ayuda del libro de registro que quedó en el cámping. En aquella época no se hacían pruebas de ADN para identificar a las víctimas. "Llegaron forenses de Austria, Alemania, Bélgica... de toda Europa, para ayudar a los especialistas de la zona", recuerda Tallada. Poco a poco se determinó la filiación de los fallecidos y fueron cuadrando los nombres, una vez eliminados los heridos y los fallecidos en los hospitales.

Se identificaron todos excepto siete: cuatro miembros de una familia francesa procedente de Marsella (la mayoría de muertos eran franceses y alemanes) y tres miembros de una familia colombiana. Fueron los únicos, junto a los fallecidos de la zona, que quedaron en el cementerio tortosino los años siguientes. "Los enterraron en grupos de dos o tres en las fosas comunes", explica un empleado municipal.

La familia francesa, formada por un matrimonio y dos hijos, llegaron a ser repatriados con el tiempo: "Unos tres años después, cuando se pagaron las indemnizaciones, los marselleses fueron trasladados a su lugar de origen, pero no antes, porque económicamente era demasiado costoso", explica el abogado Tallada. Sin embargo, los tres colombianos no fueron reclamados, comenta.

La normativa municipal estipula que, si al cabo de cinco años nadie reclama un cadáver, éste puede ser trasladado al osario general. Eso es lo que ocurrió con esas tres víctimas, enterradas en principio en el mismo nicho.

El enterrador que ha gestionado el cementerio tortosino las últimas décadas, ahora jubilado, recuerda que ese osario común, hoy cubierto de vegetación, fue el destino final de esos restos. La familia que gestiona el cámping de Los Alfaques es la misma que lo hacía el día de la "tragedia de Empetrol", que es la denominación que utiliza Mari Carmen Maci , la propietaria, para referirse al suceso. No quieren hablar del libro de registros ni de nada relacionado con la fatalidad causada por el camión cisterna, excesivamente cargado, que conducía Francisco Ivernón. "Tras 38 años, es ya el momento de darnos luz y vida, porque hemos estado mucho tiempo tragando lágrimas", dice Mari Carmen. El cámping, señala con convicción, "fue sólo una víctima más". La lealtad de los clientes asiduos a este enclave de Alcanar ayudó a que el negocio familiar pudiera seguir adelante hasta la actualidad.

Javier De Frutos
Para Por y Para Aranjuez